sábado, 19 de octubre de 2013

Pobre diablo víctima de diablos

POR Aníbal de Castro



País arrebatado, pendenciero, de chivos sin ley, gañanes en demasía y autoridad de ojos que miran fijos hacia el otro lado y, sin embargo, generoso, desprendido. País de contrastes en el que la lógica sucumbe ante las pasiones en el debate. La complejidad nos marca con sello indeleble y a menudo nos perdemos en un mar de discusiones bizantinas que impiden separar con propiedad el grano de la paja o que al gato nos lo camuflen como liebre.

Mis recelos de las mentadas organizaciones no gubernamentales (oenegés) -excepciones las hay, aclaro de partida- datan de calendarios ya viejos. No sospecho de las causas nobles que algunas enarbolan y que abrazan con entusiasmo colectivos preteridos, víctimas ancestrales de prejuicios arraigados, abusos y cortapisas a derechos de los que se sirven golosas unas minorías y mayorías privilegiadas. Más bien difiero de los métodos y desfachatez que las cabezas mal disimulan, dispuestas a torcer la verdad, exagerar situaciones y vender falsedades con tal de que las cuentas cuadren o reditúen sobrantes holgados con que asegurar nóminas y prerrogativas. Importa el fin no los medios, mas la meta es tan ficticia como el apego de los activistas a los principios de que alardean.

Al incrédulo que vaya a Haití, con razón bautizado República de las Oenegés, que pregunte el saldo social de las operaciones de más de diez mil organizaciones de todas las nacionalidades, credos y colores. Con los gastos operativos, sueldos y dietas se hubiese atacado con mayor firmeza el déficit habitacional que empeoró el terremoto último, por ejemplo. Las yipetas y rentas fabulosas en residencias u hoteles de relumbrón contrastan con la miseria del atropellado pueblo haitiano. No apuesto por la austeridad monacal ni me resisto a la tentación sibarita, ¿pero acaso esos salvadores del mundo, apóstoles del evangelio de los derechos y redentores de injusticias no viven de la caridad de los donantes? Mis presupuestos de dudas se asientan en la experiencia práctica, en comprobaciones dolorosas de cuán fácil les resulta a algunos traficantes de la representación ajena incurrir en manipulaciones arteras y servirse de las víctimas sin que la dignidad les importe un pepino. Si razones me faltaban para justificar el poco aprecio por muchas oenegés, las he encontrado sobradas en la reciente audiencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En la misma que se pretendió crucificar a la República Dominicana con alegatos sin dilucidar por nuestra Justicia, ergo sin categoría aún de cosa juzgada y propia del ámbito de ese elevadísimo tribunal continental.

A un pobre diablo, que inventó llamarse William Medina Ferreras quién sabe apercibido de cuáles consejos o espejismos de fortuna, lo convirtieron las oenegés de mis angustias en una réplica de la impostura que las signa, en un escarnio viviente del que le faltarán años para recuperarse si es que su mucha ignorancia, o ingenuidad quizás, alguna vez le permite entenderlo. La mala fe se presume, no en Medina Ferreras, Winet Jean o como se llame el esquirol devenido agraviado estrella, sino en la gente letrada, a la que se le supone tino e inteligencia, que se lo llevó al México lindo y querido para montar una charada sin el auxilio de un buen mariachi. A un pobre diablo (réstenle el poca valía de la acepción del término) lo hicieron su víctima unos verdaderos diablos. Lo amaestraron para mentir, fingir prejuicios y de paso devaluar su humanidad y la del noble pueblo haitiano. Y todo con el propósito expreso de mostrarnos a los dominicanos como racistas, desconocedores del derecho ajeno y al Estado, en contravención de principios cardinales de la comunidad internacional. Carente mi prosa de suficiencia para describir con objetividad la finalidad detrás del pretexto que condujo a la sesión del altísimo tribunal, que la tecnología supla mi liviandad caribeña:

http://vimeo.com/album/2561642/ video/76517833.

Se confiesa dominicano y deportado forzoso a un país que dice nunca había visitado, cuyas costumbres e idioma desconocía no obstante su ayuntamiento de larga data con una haitiana. Pese a unos veinte años de residencia en el país contiguo, asegura que no domina el idioma cuyo acento inconfundible impregna a cada palabra, a cada frase. Incluso, incorpora de manera automática al castellano machacado la elisión propia del francés y el creole haitiano. En un patético donde dije digo dije Diego, perece la versión de que lo deportaron de mala manera, le rompieron sus papeles de identificación antes de ponerlo de patitas en la frontera y de que nunca volvería a residir en el país cuya nacionalidad se atribuye. No pudo identificar las fotos de sus alegados progenitores y hermanos de quienes aduce los separó la autoridad migratoria pero con cuya ayuda, de acuerdo a su historia, siempre ha contado mientras su existencia, ora de pordiosero en Haití, ora de jornalero y contratista ¡en la República Dominicana! Continúa bajo la protección de la cónyuge amante, descrita como de familia de bien.

Tiene pasaporte y cédula de identidad y electoral dominicanos. Señala que la frontera se cruza sin mayores contratiempos y que bastan veinticinco pesos para que un militar franquee el paso, si la ruta del río seco es la escogida y no el puente sometido a controles. Paradoja de paradojas: va y viene a voluntad al país que lo expulsó. En su relato intemporal, la documentación que lo acredita como dominicano le allanó el camino hasta el capitaleño Hospital Darío Contreras con su hija en una ambulancia desde la frontera de su bochorno, víctima ésta de un accidente automovilístico en el Haití donde testimonia lo han acogido con los brazos abiertos, pero en el que le negaron las primeras atenciones médicas a la pequeña por dominicana y donde no pudo continuar los estudios gratuitos iniciados en la pérfida República Dominicana porque en Anse-à-Pitre había que pagar y los ingresos no alcanzaban para educación. En ese centro de salud estuvo tres meses interna, mientras él sobrevivía gracias a la solidaridad de unos amigos. Dominicanos tenían que ser, porque una y otra vez repitió que antes de la alegada deportación no se juntaba con haitianos salvo para contratarlos cuando acometía encargos laborales mayores.

No son las tantas contradicciones las que soliviantan el ánimo y aumentan el descreimiento en los pretendidos abanderados de los derechos humanos. Decir mentiras y comer pescado -por aquello de las espinas-requiere mucho cuidado. Medina Ferreras, o como se llame, no podría entender este refrán de origen gallego porque su pobre y torpe manejo del español corresponde a un extranjero, jamás a alguien que nació y ha vivido al menos dos décadas en la República Dominicana, de padres y abuelos también dominicanos por nacimiento y origen. Simple detalle lingüístico que en nada disminuye el respeto que se le debe como ser humano, con los mismos derechos que el más ducho en la filología española o de cualquiera de los dos idiomas oficiales del vecino donde en bilingüismo y otras cosas dobles sus gobernantes nos llevan ventaja. Respeto que le han escatimado sus tutores de las oenegés al colocarlo en un trance ridículo, penoso, como protagonista de una tragicomedia de la cual sale aporreada su dignidad.

Se les olvidó a los manejadores del infeliz testigo enseñarle qué tan arraigada es la familia en la cultura dominicana. Nomen est omen, el nombre acarrea el destino, causa de que uno de los verdaderos Medina Ferreras reverencia en el vídeo revelador al padre falsamente presentado como un iletrado, un reconocido activista del Partido Reformista en la zona de Barahona. El nombre de un hermano, no importa si desconocido porque murió a destiempo o lo engulló la cotidianidad, jamás cabe en el olvido. En el refugio del apellido y la tradición familiar ocupan lugar de principalía los abuelos, aun si nunca se les vio. Precisamente, el elogio de la familia se basa en el establecimiento de una línea de mayor vitalidad mientras más se remonta en el pasado. De ese cuidado de los nombres, no otra cosa sino la adhesión al núcleo básico, los dominicanos hemos hecho un deber con secuelas a veces negativas.

Mi tolerancia se despeña, se me arrebolan el rostro y la calva, los tacos se me escapan y no de los zapatos cuando el presunto William Medina Ferreras, en respuesta a una pregunta que abordaba otro tema, describe a los haitianos en términos raciales prejuiciados, impropios y en desentono con la majestad de la sala. Por boca de ganso, los titiriteros pretenden endosar a los dominicanos la mácula de la discriminación en base al perfil racial, y el absurdo de negar las raíces africanas en estas dos terceras partes de la tierra que más amó Colón, pobladas mayoritariamente por mulatos. Del amasijo de palabras, frases inconexas, memeces y sandeces, extraigo esta perla cultivada en mentes torvas: "...soy indio claro, de buen cabello, perfilado... usted ve quién es haitiano... ellos son, cómo le digo, motoso, un poco raro, ¿no?, para mí. Yo no he visto un haitiano perfilado, como la mamá mía y mi papá, gente perfilada, completamente, son gente de color indio. Pero son gente bien, aparente, ellos no son motosos. Yo no sé si la mala sangre que me hacen hacer... la verdad es que ahora mismo yo estoy desnutrido, cualquier diría que yo estoy mal tallado porque el cuerpo que tenía no lo tengo. Estoy pasando mucha necesidad dura, pero yo no nací mal tallado así, sino una persona normal..."

Ventrílocuos malvados, perversos, mercenarios viles de la inquina enfocados en el propósito malsano de sembrar cizaña entre dos pueblos, alentar pasiones bajas, incubar resentimientos y revivir traumas. ¡Vaya añagaza: contrabandear a un haitiano como dominicano y poner en su boca los prejuicios racistas que en sus sesudas ponencias los oenegeístas encasquetan a los dominicanos! Motoso no forma parte de la lengua popular en el país. Podría provenir del francés, de motte, intuyo, algo así como terroso y, por analogía, negro. La palabra sí se usa en países sudamericanos para designar a alguien con la cara carcomida por las viruelas. No hay crimen perfecto porque siempre surge algún rastro. E hicieron bien los comisionados del Estado dominicano en pedir excusas al pueblo haitiano por los deslices inducidos del William Medina Ferreras de pacotillas, a quien sus pretendidos hermanos no conocen porque nunca lo han sido, como se demostró en un vídeo preparado por la Junta Central Electoral.

El pobre diablo en manos de diablos reales usurpó la identidad, acto pecaminoso que arropa un despropósito que escapa a su estulticia. Una de las verdaderas Medina Ferreras lo identificó como Wynet Jean, un haitiano que se buscaba la vida en los aledaños de la frontera inexistente. Nada le pasará ni le pesará, porque en este país la tolerancia con la inmigración ilegal adquirió tiempo ha el trazo irremediable del hecho cumplido. Dos pueblos culturalmente diferentes y con historias opuestas se han hermanado en el oriente isleño en una realidad social definida magistralmente por el director de este diario: los haitianos pobres conviven con los dominicanos pobres, y los ricos con los dominicanos ricos.

adecarod@aol.com

El pobre diablo en manos de diablos reales usurpó la identidad, acto pecaminoso que arropa un despropósito que escapa a su estulticia.

Dos pueblos culturalmente diferentes y con historias opuestas se han hermanado en el oriente isleño en una realidad social definida magistralmente por el director de este diario: los haitianos pobres conviven con los dominicanos pobres, y los ricos con los dominicanos ricos.
 
 
 

Cortesías: DiarioLibre.com.