sábado, 24 de octubre de 2015

Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (4)

Los ideales patrióticos de los años precedentes a la declaración de la Independencia y en las décadas posteriores, contaron con escasos recursos económicos. La economía no mostraba signos de avances, mientras el país fue llevado al peor desastre en el ámbito institucional durante la ocupación haitiana, que hasta la Iglesia Católica fue perseguida sin piedad.

Los pobladores de la parte este se informaban por el rumor público, la primera y más fuerte red de información, mediante cartas que pasaban días y hasta semanas para llegar a su destinatario, en tanto que los desplazamientos se hacían a lomo de animal que se prolongaban por días para llegar de un punto a otro.

Recuérdese que fue en el año 1885 que se instaló en República Dominicana la primera línea de telegrafía eléctrica, aunque desde 1870 ya se hacían esfuerzos para adquirir ese sistema, de primera generación para ese tiempo, inventada por el norteamericano Samuel F. B. Morse; quiere decir que 41 años después de emitirse en el mundo el primer telegrama público (1844), es cuando el país adquiere esa tecnología.

El 15 de mayo de 1884, cuarenta años después que se declara la Independencia Nacional, el Poder Ejecutivo, encabezado entonces por Ulises Heureaux (Lilís), emite la resolución 2228 mediante la cual autoriza al señor Preston C. Nason explotar el “Sistema Perfeccionado de Centrales Telefónicas”. Esta concesión telefónica estaría destinada a sustituir la vieja forma de comunicación por telégrafo, que había cubierto las principales provincias del país.

En relación con los medios masivos de comunicación, desde la invasión de Haití, pasando por la Independencia Nacional (1844), la anexión a España (1861), hasta finales del siglo XlX, períodos comprendidos entre la Primera y buena parte de la Segunda República, la nación contaba con escasísimos mecanismos, que sirviesen para que sus pobladores se informasen de los acontecimientos nacionales e internaciones.

Una elite intelectual muy reducida y ciertos empresarios y comerciantes tenían acceso a la prensa escrita, que no se marginaba de los debates políticos, económicos, culturales y sociales de la época.

Esa pobreza material es la que explica que el joven Gregorio Luperón se enterara de la consumación del proyecto anexionista de Santana por una carta que sus amigos de Puerto Plata le enviaron y que le llegó a Jamao pasados los diez días.

El Archivo General de la Nación guarda con el celo de quienes tienen conciencia de la Historia, originales de más de una veintena de periódicos que se publicaban en los años de la independencia hasta final de siglo XlX. Solo cito algunos: “El Correo del Cibao”, “El Monitor”, “El Orden”, “El Porvenir”, “El Progreso”, “El Pueblo”, “El Popular”, El Propagandista”, “El Día”, “El Lápiz”, “El Maestro”, “El Propagador”, medios de difusión de aparición periódica, editados en Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata y otras ciudades. No todos vieron la luz pública al mismo tiempo.

“El Duende”, por ejemplo, lo publicaba en 1821 José Núñez de Cáceres. “El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo”, bajo la dirección de Antonio María Pineda, circulaba ya para la misma fecha, un año antes de la invasión de Toussaint Louverture. Circulaba también “El Dominicano”; “El Monitor”, periódico oficial del gobierno dominicano que se imprimía para 1865; “El Orden”, de 1875, que se editaba en Santiago; “El Porvenir”, que en su primer número del 8 de octubre de 1854, llevaba un epígrafe que decía: “Órgano Imparcial de los Intereses Generales de la República”. Este era editado por la “Sociedad Amigos del País” y su administrador fue Juan Isidro Jiménes, quien sería después presidente de la República.

“El Progreso”, en tanto, que se publicó desde 1853 hasta 1883 bajo la dirección de Federico Llinás, sostenía que era un periódico “político, literario y mercantil”, editado por el Colegio “El Salvador”. “El Periódico”, otro medio impreso de Puerto Plata, tomó como slogan “Justicia en el Palacio y Paz en la Plaza”.

“El Monitor”, que llevó inscrito bajo su nombre otro título: “Periódico Oficial del Gobierno Dominicano”; en fecha 5 de diciembre de 1865, edición número 5, refiere en su editorial de portada, las incoherencias que se reflejaban en el propio gobierno acerca de las negociaciones con los españoles para poner fin a la guerra: “Muchas y variadas son las cuestiones que de sí ha brotado el convenio celebrado en 6 de junio entre el Sr. General don José de la Gándara y la comisión nombrada al efecto por el Gobierno provisional de la República Dominicana. Las condiciones á cuyo cumplimiento ha querido sujetarnos el Agente Español, se alejan tanto de toda equidad, que el ánimo asombra, y la fría razón apenas puede analizarlas.”

“El Boletín Oficial y en particular el número 20, así como otros impresos, han hablado bastante alto sobre esas condiciones; y aunque los conceptos emitidos en ellos nada dejan que desear al honor dominicano tan rudamente vejado, creemos que es un deber no cesar de protestar, como oportunamente lo hizo el Gobierno, contra un convenio en que tan completamente se han olvidado los intereses, la soberanía y el decoro de la Nación Dominicana”.

La psiquis autocrática, sin embargo, no solo se anidaba en las mentalidades coloniales, sino que era propia de los líderes criollos.

La cultura política prevaleciente ha sido definida por Frank Moya Pons como de mentalidad autoritaria en su libro “La otra historia dominicana”, que de acuerdo con el prestigioso historiador, se distinguía por “el autoritarismo, caudillismo, centralismo, racismo, elitismo, anticonstitucionalismo, personalismo, providencialismo, reeleccionismo, pesimismo y regresionismo”.

Obviamente, en el momento en que surge en el país un movimiento político denominado “Los Trinitarios”, da argumento para que Moya Pons sostenga que existía otra mentalidad con valores como “el civismo, el populismo, el constitucionalismo, el desarrollismo y el institucionalismo, que chocó con el caudillismo.

Otro elemento concreto que lleva a un puñado de jóvenes a enarbolar un proyecto nacional, tiene que ver con la historia de incursiones haitianas al territorio oriental, hechos que ocurrían desde el siglo XVll y se acentuaron en el siglo XVlll, es decir durante los años 1801, 1805, 1822 hasta el 1844. Luego, en 1848, 1849, 1853 y 1855. Tres años después, en 1858, se produjo otro intento de invasión por parte del esclavo, coronado emperador haitiano de casta mandinga, llamado Faustino Soulouque.

Estudiar la personalidad de Gregorio Luperón, su pensamiento, su visión, su inteligencia natural, su habilidad, su valor sin igual, su integridad moral y su determinación con los proyectos de país, tiene que llevar a escudriñar cada detalle de la Guerra de la Restauración, que no fue el resultado de la anexión impulsada por Pedro Santana, sino que por sí misma fue una gesta cuyas raíces se justifican en el pensamiento liberal de “Los Trinitarios” del 27 de febrero de 1844, ideas sustentadas por fuerzas sociales y económicas emergentes.

Aunque España trató, en 1861, de acentuar la percepción de que la anexión fue el resultado de la voluntad espontánea del pueblo dominicano, Santana, nombrado Capitán General como resultado de ella, actuaba conforme a su personalidad autoritaria y cualquier asomo de resistencia, lo reprimía de manera implacable.

El joven Gregorio, en tanto, continuó con sus actividades revolucionarias en Sosúa y Puerto Plata, mientras el 2 de mayo de 1861, esto es tres semanas después de proclamada la adhesión a la Corona con bombos y platillos, el coronel José Contreras encabezó un alzamiento en Moca apoderándose del puesto militar.


Las tropas de Santana de El Seybo acudieron para aplastar la insurrección e hizo fusilar a los complotados. El “Marqués de Las Carreras” actuó con la severidad y el juicio implacable de los caudillos de la época, que hicieron de los fusilamientos una rutina nacional.


Cortesía: DiarioLibre.