viernes, 23 de octubre de 2015

Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (3)

RAFAEL NÚÑEZ

Para quienes pugnaban desde los primeros años porque la nacionalidad dominicana surgiera fortalecida, su propósito chocó con fuertes obstáculos, algunos propios de las condiciones del medio y otros, resultante de las gestiones de fuerzas adversas que impulsaban la anexión del país pura y simple o colocarlo bajo el protectorado de cualquiera de las potencias beligerantes con influencia en la región.

Las primeras décadas de lucha por la creación de un Estado y Nación fuertes, fueron tiempos de guerras e inestabilidad, debido a la actitud entreguista de sectores conservadores, por las constantes pugnacidad entre los bandos políticos y, además, debido a que la parte española de la isla careció de una clase social que sustentase e impulsase semejantes ideales.

Gregorio, un mulato de cualidades humanísticas escasas, que se forjó desde muy joven en el trabajo y luego en las luchas políticas, fue el resultado de las condiciones sociales y materiales de la época. Su vida y su accionar estuvieron regidos por la visión liberal de “Los Trinitarios”, identificados con el pensamiento preconizado por Juan Pablo Duarte, que tiene su origen en los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVlll, que se escenificaron en Estados Unidos y Francia.

Su carisma y arraigo, su personalidad y carácter, lo construiría con el paso del tiempo, pues para la fecha de la anexión en 1861, Gregorio no era una figura preponderante entre aquellos que enarbolaban la guerra contra España. No fue un hombre culto, hecho que reconoce su propio compañero de batalla Manuel Rodríguez Objío cuando señaló: “Bastáronle algunas ligerísimas indicaciones para aprender a leer, escribir y contar, tan imperfectamente como debe presumirse.

“...Su inteligencia se desarrollaba con los años, y aunque comprimida por un escenario rústico y limitado, Luperón a los diez años gozaba ya, en aquellos pasajes, de una consideración que podríamos llamar prematura”.

No se le puede atribuir a Luperón, y mucho menos a Rodríguez Objío, el querer pasar por debajo de la mesa el criterio de que la “Espada de la Restauración” fue un hombre de gran formación académica porque no lo fue.

Tres días después de arriada la bandera dominicana de los sitios públicos, en 1861, la “Gaceta de Santo Domingo”, órgano oficial del gobierno español, publicó el siguiente editorial laudatorio del que es pertinente extraer algunos párrafos para tener una idea de los criterios que prevalecían entre los representantes de la monarquía española: “La gloriosa bandera de España, ese símbolo de civilización que durante más de tres siglos ondeó sobre nuestras torres y fortalezas, ha sido izada de nuevo sobre esta isla antillana, la favorita de Isabel Primera, la predilecta de Colón, y de ahora en adelante bajo la protegida Isabel Segunda, la Magnánima, hoy una vez más nuestra Augusta Soberana.

“Como resultado de este acontecimiento el pueblo dominicano ha visto la realización de sus esperanzas más fervientes y de sus aspiraciones más reales y nobles y en verdad, el acto en que fue proclamada nuestra transferencia política no habría podido ser más espontáneo ni habría podido haber satisfecho más plenamente los deseos sinceros de este pueblo.

“Desde el alba del lunes, 18 de marzo, día señalado para efectuarse este cambio, grandes muchedumbres circulaban por las calles de la capital, evidenciando la proximidad de algún gran suceso; a las siete de la mañana la Plaza de Armas estaba invadida, puede decirse en verdad, por toda la clase de individuos, y un poco más tarde empezaron a llegar las tropas que guarnecen la Capital, todas sus armas, acompañadas por sus generales y oficiales respectivos.

“....La gran importancia de la alocución de don Pedro Santana, los nobles sentimientos que se reflejan en ella y el tremendo entusiasmo con que las muchedumbres reunidas en la Plaza de Armas la escucharon y la acogieron, probaron más allá de toda duda cuán espontáneo ha sido el movimiento, y cuán bien merecida ha sido la confianza que el ilustre defensor de la libertad nos inspira a todos”.

¿Y qué dijo, pues, Pedro Santana, ante aquel momento infausto para la Patria? Un párrafo de su intervención es elocuente: “Sí, dominicanos, desde hoy podéis descansar de las fatigas de la guerra, podéis dedicaros con infatigable energía a labrar el porvenir de vuestros hijos. España nos protege, su bandera, nos cobija, sus armas repelerán a nuestros enemigos; ella no descuida nuestras labores, y juntos las defenderemos; volvemos a forma una sola familia, un solo pueblo, como en realidad siempre hemos sido”.

Aquellos planes anexionistas, sin embargo, fueron advertidos en las filas de los liberales. Desde el púlpito, en una solemne misa a propósito del 17 aniversario de la separación de Haití, celebrada en la Catedral el 27 de febrero de 1861, don Fernando Arturo de Meriño, que se desempeñaba como vicario general y gobernador eclesiástico de la Arquidiócesis de Santo Domingo, lo denunció. Meriño, en esa eucaristía tildó esos esfuerzos de egoístas y fanáticos, cito: “...Si, señores, y por eso hay tantos males que deplorar y tantas decepciones vergonzosas que afligen. El egoísta es un monstruo que viola sin respeto hasta los mismos sentimientos que la naturaleza inscribió en el corazón de la humanidad y huella todos los santos deberes que la sociedad y la moral le imponen. No es ni buen padre de familia, ni buen hijo, ni buen hermano, y traiciona la amistad con descaro y ve perder a su patria con impasibilidad estoica. Extraño a todo sentimiento noble, no es capaz de experimentar nunca el amor que debe a su patria mucho menos sacrificarse por ella. Qué! ¿el bien público podrá interesar a aquél que todo lo ve en sí y todo lo quiere para sí? Su reposo, su fortuna, sus días ¿va él a perderlos por sus conciudadanos? No: los héroes que han muerto en los campos de batalla y que la historia ha inmortalizado, no son para él sino estúpidos hincados con el necio fanatismo”. (“Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos”, General Gregorio Luperón, tomo l, pág. 70).

Obviamente, la jugada de Pedro Santana de anexar el país no estaba desconectada de un plan geopolítico macro regional: coincidía con las estrategias de las potencias europeas en procura de preservar o conquistar territorios en el hemisferio americano. España, Inglaterra y Francia, por un lado, incursionaban con frecuencia en aventureros proyectos para apropiarse de extensos territorios en América Latina. Claro está, la crisis de las papeletas inorgánicas era otro factor interno, pues Santana y sus funcionarios entendían que España les ayudaría a solucionarla.

Estados Unidos, por su parte, en la fecha cuando se produjo la anexión a los españoles, esto es el 18 de marzo de 1861, hacía 14 días que había investido como presidente a Abraham Lincoln; posteriormente, ese país se debatiría en una guerra civil, iniciada en Carolina del sur y posteriormente imitada por diez estados sureños, para lo cual retiraron a sus representantes del Congreso y se separaron de la Unión.

Con aquellas acciones se dio pie para que el 12 de abril se iniciara la Guerra Civil estadounidense, que culminaría en 1865, el mismo año que se produjo la retirada de nuestro territorio de las tropas españolas.

Desde 1861, año de la anexión, hasta 1865, el de la retirada de los españoles, se produjeron acontecimientos en el país en los que el joven Gregorio se involucró con pasión.


Cuando llegó a Puerto Plata después de tres días de camino desde Jamao, encontró el hecho consumado y se negó a firmar el Acta de Anexión. Pasó a Montecristi en la goleta “La Esperanza”, pero de regreso a su provincia natal, naufraga y se refugia en Esterobalsa, donde residía el prócer José Antonio Salcedo (Pepillo).

Cortesía: DiarioLibre.

jueves, 22 de octubre de 2015




Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (2)

RAFAEL NÚÑEZ

Entre los inexpertos luchadores liberales independentistas que florecían cuando se consumó la anexión a España, en 1861, se encontraba el joven Gregorio, de 22 años. En Jamao, al recibir aquella carta que sus amigos puertoplateños le enviaron para que encabezara la resistencia a la entrega de la soberanía, ejecutada por Pedro Santana Familia, Gregorio todavía empuñaba el hacha con la que abría los surcos a la caoba que el señor Pedro Eduardo Dubocq exportaba para Europa.

Cincelado su carácter en el trabajo, mostrando una disposición a entregar su vida por la Patria, Gregorio tuvo que esperar diez días para recibir aquella nefasta noticia. Ensilló su caballo; en lo inmediato, comunicó a su patrón la decisión y bajo amenaza de tormenta avanzó por los inhóspitos caminos cerreros, rumbo a Puerto Plata. Su bajo arraigo social y económico no le quitan valía de prócer al hombre que entregó sus fuerzas y su tiempo a concretar la independencia de su país, sin titubeos ni mostrar gesto alguno para hipotecar la soberanía, como maquinaron predecesores y coetáneos.

Su carácter resuelto explica la determinación de salir en condiciones tan adversas. No le movía ambición alguna. Manuel Rodríguez Objío, su contemporáneo nacido un año antes que él (1838) y que abrazó los mismos ideales, definió los dones que el joven Gregorio exhibió luego en la guerra y la política: “El fondo de su carácter consistía en un sentimiento de absoluta independencia y de caballerosidad. Intransigente contra la opresión y la injusticia, benigno, humanitario para con el oprimido hasta la abnegación de sí mismo, veremos en su carrera desarrollar ese germen de virtudes antiguas y hacer de ella el pedestal de su gloria”.

La travesía que Gregorio emprendió en marzo de 1861 para evitar que la bandera dominicana fuera arriada en el fuerte de San Felipe y en toda Puerto Plata, fue tan inmensa como arriesgada.

Mientras colocaba los aperos al caballo, que era su único acompañante, hasta Gregorio llegaron los rumores de anexión que iban de boca en boca. Desde Jamao hasta Puerto Plata tenía que recorrer 80 kilómetros. Por los intrincados senderos, atravesando montañas, llanuras e inhóspitos bosques, la distancia la hizo más corta: 50.8 kilómetros en una buena “montura”. Gregorio pasó por los poblados de Amaceyes, Carlos Díaz, Gurabito de Yoroa hasta alcanzar Yásica Arriba.

Después de ganar las montañas de Tabagua, se encontró con el entonces infranqueable río Camú, ya había vadeado el Yásica; uno de ellos tuvo que pasar a nado. La distancia se hizo infinita, entre ondulaciones y valles fragosos; el tiempo se prolongó por días para que Gregorio llegara a Muñoz, comuna ubicada al sur de Playa Dorada, sembrada hoy de urbanizaciones y proyectos residenciales.

Rodríguez Objío, autor del libro “Luperón y la Restauración”, narra aquel transe Jamao-Puerto Plata, sin comunicación terrestre: “Durante esta lucha con la naturaleza, la noche del citado veintiséis de Marzo,(sic) le sorprendió en “Muñoz” distante como dos leguas del término de su viaje. Faltábale vadear la boca del río, (Muñoz) y vióse precisado a dirigirse a la habitación del coronel José Luna, ferviente patriota, cuyos sentimientos le eran conocidos”.

En casa de Luna, Gregorio se enteró con tristeza de que la bandera española había sido izada en el fuerte de San Felipe y demás edificios públicos de Puerto Plata por las acciones de Santana, que había nacido 38 años antes que él (1801).

Idelfonso Mella, hermano del general Matías Ramón Mella, le recibió al otro día en Puerto Plata y le contó cómo infructuosamente trató de arengar a los compañeros a las armas, pero resignados y llorosos vieron caer el pabellón tricolor debido a las acciones del general Santana Familia, que en una de las modificaciones constitucionales se hizo aprobar el artículo 210 que le otorgaba poderes faraónicos, cito: “Durante la guerra actual y mientras no esté firmada la paz, el Presidente de la República puede libremente organizar el Ejército y (la, sic) armada, movilizar las guardias de la nación; pudiendo, en consecuencias dar órdenes, providencias y decretos que convengan, sin estar sujetos a responsabilidad alguna”.

Incipiente guerrero en acción

Cuando las Reales Ordenanzas comenzaron a disponer sobre el futuro del país y la Capitanía General de Cuba movilizaba 7 mil miembros del Ejército español, Gregorio reunió a quienes había dejado en Jamao, instándolos a resistir las instrucciones de las autoridades españolas para que se entregaran las armas, aduciendo quien se convertiría luego en la “Espada de la Restauración”, que ésas servirían para ser libres y dejar instaurada la Independencia definitiva.

Cuando el “Marqués de Las Carreras” (Pedro Santana Familia) -título otorgado por la reina Isabel ll- firmó la anexión de la República a la Corona, el 18 de marzo de 1861, fue una decisión precedida de múltiples gestiones cercenadoras de la soberanía nacional por parte del sector conservador, representado por el hatero que, desde el nacimiento de la independencia el 27 de febrero de 1844, estuvo al acecho conspirando para sacar de la dirección de la cosa pública a los liberales, representados por Juan Pablo Duarte y “Los Trinitarios”.

El golpe de estado contra los liberales integrantes de la Junta Central Gubernativa, encabezada por Francisco del Rosario Sánchez, no tuvo otro motivo que apoderarse del mando político del país, cayendo la joven nación en manos de gente incrédula sobre la capacidad del pueblo para construir su propio destino. Su habilidad militar y su ascendiente económica y social, Santana las utilizó para promover la anexión a España, valiéndose de la amenaza real haitiana para entregar la soberanía.

Santana, quien intentó también el protectorado con Estados Unidos, se autoproclamó jefe de la Junta Central Gubernativa tras lo cual declaró “traidores a la Patria” a Juan Pablo Duarte, Matías Ramón Mella y Francisco del Rosario Sánchez, junto a otros “Trinitarios”, que se vieron obligados a salir del país.

No solo marchó con sus tropas hacia Santo Domingo para deponer a los líderes del movimiento trinitario en julio de 1844, sino que bajo su espada, la misma que decenas de veces infligió la derrota a las tropas haitianas, Santana fue imponiendo el gobierno y los ejércitos; detentó el poder desde el 14 noviembre de ese mismo año hasta 1848 cuando enfermó, perdió popularidad por la situación de crisis económica y política, de manera que no pudo continuar al frente de la administración gubernamental.

Manuel Jiménez González le sustituyó, pero nuevamente el sempiterno golpista fue llamado a dirigir los ejércitos contra las amenazas de invasiones haitianas. El 29 de mayo de 1849, lideró un golpe de Estado y se proclamó Jefe Supremo del país hasta que se organizaron elecciones, ganadas por uno de su misma estirpe conservadora, y tan anexionista como el “Marqués de Las Carreras”: Buenaventura Báez.

Santana regresó a la Presidencia el 15 de febrero de 1853 hasta el 26 de marzo de 1856 cuando se vio compelido a dimitir debido a la desastrosa administración. Fue en éste, su segundo período, que el “Marqués de Las Careras” introdujo cambios en la Constitución, votada el 25 de febrero de 1854.

Establecía que Santana ocuparía la Presidencia por dos períodos hasta 1861, año en que ordenó, el 4 de julio, fusilar al prócer Francisco del Rosario Sánchez. Y así fue, en 1861 también, que el nativo de Hincha, una comunidad que nos perteneció y hoy es territorio haitiano, impulsó y concretó el plan anexionista, convirtiéndose en vasallo español, pateado por los representantes de La Corona. Esa acción antinacional santanista, saca a Gregorio de los bosques de Jamao, y su hacha, luego espada, lo catapultó al escenario de la guerra.


Cortesía: DiarioLibre.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (1)

RAFAEL NÚÑEZ

Nació el 8 de septiembre de 1839 en una familia monoparental. Desde niño tuvo la inquietud insatisfecha de conocer la identidad de su padre. Adolescencia, niñez y adultez fueron etapas de su vida eclipsadas por la misma interrogante: ¿quién es mi padre?

Aunque su paternidad es atribuida a Pedro Castellanos, se entiende que la espada de la Restauración no conoció a su progenitor, ni llevó su apellido, sino el de su madre, Duperón, de origen francés, llevado al español por el propio muchacho cuando fue declarado. De haber sido Castellanos, éste no le dio su apellido.

La actitud asumida desde muy temprana edad, enseñaría que el calor de su padre no le fue indispensable, porque su voluntad inquebrantable para salir adelante, se constituyó en el acero que galvanizó su estirpe de guerrero para acometer las tareas necesarias, dirigidas a que el país recobrara su independencia.

Por las frágiles condiciones económicas de la familia, se vio arrastrado a trabajar a los 12 años para ayudar a su madre de origen inglesa, Nicolasa Duperón, y a sus hermanos (Ramona, Dolores, Bernardo y José Gabriel), dedicados a tareas domésticas y a la venta de dulces, frutas, legumbres y pan.

Su madre, sus hermanos y el propio Gregorio dedicaron su existencia a servir al cristianismo y a trabajar honradamente para subsistir en un medio limitadísimo, en un país que, aunque recientemente liberado del yugo haitiano, era víctima de nuevo de las traiciones de sus propios hijos y del caos reinante debido a las trapisondas políticas de los grupos en pugna por el poder.

Mientras forjaba su temple de futuro soldado restaurador en la segunda mitad del siglo XlX en los aserraderos de los intrincados bosques de Puerto Plata, aquel muchacho que bregaba con los cortes de madera, ignoraba lo que le depararía el futuro inmediato.

Su patrón, quien le da la oportunidad de probar las dotes de trabajador disciplinado, valiente y soñador, fue generoso con el muchacho.

Pedro Eduardo Dubocq se llamó. Fue uno de las tres grandes figuras importantes radicadas en Puerto Plata en esos años, amigos entre sí, que dieron apoyo y protección a los prohijadores de la Patria, en la primera y segunda República. Los otros dos fueron el presbítero Manuel González Regalado y William Tawler. González Regalado y Dubocq integraron una célula de la sociedad La Trinitaria, como muestra de su compromiso con la joven nación.

El protector de Gregorio en los primeros años de su infancia y adolescencia, se radicó en la “Novia del Atlántico” en 1830, cuando Haití ocupaba el territorio dominicano. Se dedicó a comercializar madera. Cuando Juan Pablo Duarte visitó Puerto Plata, el 10 de julio de 1844, se hospedó en la casa del general Pablo López Villanueva, lugar que fue develado, por lo que el patricio tuvo que ocultarse en una residencia que Dubocq tenía en la falda de la loma “Isabel de Torres”, donde el líder de los “Trinitarios” fue hecho preso junto a sus guardaespaldas Juan Evangelista Jiménez y Gregorio del Valle, luego llevados al fuerte de San Felipe por órdenes de Pedro Santana.

La solidaridad en los ideales, la gratitud y lealtad al hombre que encarnó el ideal patriótico, llevó a Dubocq a visitar a Duarte a la cárcel día por día para darle apoyo. Había, pues, entre ellos no solo propósitos comunes en el ideal independentista, sino una amistad verdadera.

No puede extrañar que la influencia de las primera ideas patrióticas acerca de la necesaria independencia del país las escuchara Gregorio en casa de quien no sólo le dio trabajo, sino que le trató con aprecio y consideración, aparte de sus cualidades personales que caracterizarían a Gregorio en su adultez.

En los tiempos en que Gregorio dejó el hacha de leñador para cambiarla por la espada, la República se debatía entre dos corrientes que pugnaban, una por la entrega vergonzosa a la antigua colonia española, la fuerza del mal, y otra por el mantenimiento de los ideales puros de independencia de los padres de la Patria, la fuerza del bien, sustentada esta última en sublimes pensamientos que se convirtieron en la luz fulgurante que no cesó en su empeño de iluminar el mejor de los destinos para sus hijos: La Restauración de la Independencia.

A muy temprana edad, Gregorio hizo conciencia de que esa batalla fuera entre los dos grupos rivales. Pero en su conciencia se escenificó otra batalla que lo arrastró hasta el final de sus días cuando murió a la edad de 52 años. Se echó a los brazos de la política muy joven contra el primer tirano que usurpó el prestigio de los filantrópicos del 27 de febrero de 1844, a los fines de no solo sacarlo del poder, sino de frenar su objetivo por devolver la soberanía al coloniaje español.

Desde los 15 años, el muchacho dio muestras de una laboriosidad y rectitud de proceder sin igual en una persona de semejante mocedad. Como no tuvo oportunidad de acudir a la escuela, Gregorio aprendió de la vida, sacando ventajas a las difíciles circunstancias que enfrentó en múltiples tareas laborales. El inglés, lengua que se hablaba en su casa, lo mejoró yendo a una escuela inglesa de Puerto Plata a la que acudía cuando el tiempo se lo permitía.

Gregorio se radicó luego en Jamao para atender los negocios de su patrón, quien adquirió terrenos en esa demarcación cibaeña, tupidos de caoba de explotación. En la casa de Dubocq, Gregorio dedicó las escasas horas de ocio para hurgar en su biblioteca, en la que satisfizo sus curiosidades de aprender, dedicándose a estudiar de manera especial las obras de Plutarco de Queronea, por medio de quien se enteró de las culturas griega y romana.

“Dos vidas paralelas”, obra que inmortalizó al pensador griego, habría sido una de las que cautivó, conforme con las narraciones del prominente intelectual contemporáneo Manuel Rodríguez Objío.

Residiendo en Jamao, el joven Gregorio había dejado en Puerto Plata la imagen de probidad, laboriosidad, valentía y patriotismo.

Una carta del 25 de marzo de 1861, firmada por sus amigos Baldomero Regalado y Federico Sheffemberg, invitándole a ponerse al frente de su provincia natal contra la afrenta de Pedro Santana de anexar el país a España, se constituye en la luz que guiaría para siempre en el camino que procuraba la restauración de la República, del que nunca se apartó. He aquí la carta: “Al fin se ha quitado la máscara el general Santana, y verifica la traición de entregar la República a la Monarquía española. Puerto Plata se opone y resistirá hasta la muerte. Tú haces falta en tu pueblo; jamás habíamos visto este pueblo más decidido por la defensa de su independencia. Ven inmediatamente para que nos opongamos a esto. Es preciso que probemos al tirano que ningún pueblo honrado y heroico pierde su libertad y su independencia, sino con su muerte. Te esperamos para que juntos todos los hijos de este pueblo, nos esforcemos (sic) en despertar a los que todavía están aletargados y nos lancemos a la lucha sin mirar los peligros que nos aguardan”.

Con apenas 22 años, el joven Gregorio, entendió prematuramente que la espada libertadora solo fungiría como sable en la defensa de la libertad y soberanía, y para el servicio de aquella inteligencia humana que, por el soberano dictamen del pueblo, fuera puesta en el más alto cargo de la nación.


Cortesía: DiarioLibre.



viernes, 16 de octubre de 2015

Una excavación en México revive la captura, encierro y muerte de una expedición del conquistador español a manos indígenas



Inmolados por la ira de los dioses

El paso de los siglos no ha podido borrar las huellas del horror. La excavación del recinto prehispánico de Zultépec-Tecoaque, a 63 kilómetros de la Ciudad de México, ha sacado a la luz el destino atroz que corrieron en plena conquista los 550 integrantes de una olvidada expedición de Hernán Cortés. La caravana, en su camino hacia Tenochtitlán, fue atacada por los acolhuas, aliados de los aztecas. Llevados al poblado indígena, los prisioneros entraron en un túnel sin salida. Uno tras otro, fueron sacrificados ante dioses extraños. La pesadilla duró de junio de 1520 a marzo de 1521. Cuando los hombres de Cortés llegaron al lugar, ya no quedaba ninguno vivo. La hecatombe se había completado. Y Zultépec, bajo el hierro español, fue arrasada.

Los trabajos arqueológicos, reiniciados en agosto pasado tras una primera fase entre 1993 y 2010, han hallado nuevos vestigios de este infernal cautiverio. Son las celdas en las que pasaron sus últimos días los prisioneros y que materializan el abismo al que se enfrentaron las dos civilizaciones. “Lo que ocurrió ahí fue un ejemplo de choque cultural, pero también un episodio de resistencia”, explica el responsable de la excavación, Enrique Martínez Vargas, de Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

La historia, o al menos una versión de la misma, fue recogida por el propio Cortés en sus Cartas de relación, y en ella juega un papel clave la expedición de Pánfilo Narváez, enviado por el gobernador de Cuba para apresar al conquistador. Al conocer este desembarco, Cortés dejó la recién tomada Tenochtitlán, la capital azteca, y se dirigió hacia la costa oriental a enfrentarse a su perseguidor. El 24 de mayo de 1520 le derrotó en Cempoala.

La victoria duró poco. En Tenochtitlán, tras las matanzas de Pedro de Alvarado, el poder español se tambaleaba. Cortés se aprestó a volver. Pero antes de partir, dejó organizada una caravana que tenía que conducir a la capital azteca a enfermos, mujeres y bienes. En esta expedición, según Martínez Vargas, iban 5 españoles a caballo y 45 a pie. Les acompañaba un contingente de negros, mulatos, zambos y tainos procedentes de Cuba, así como unos 350 indígenas mesoamericanos fieles al conquistador. Completaban el grupo unas cincuenta mujeres y diez niños pequeños. Ninguno tuvo suerte. Antes de alcanzar su destino, cayeron en manos de los acolhuas. Era junio de 1520 y la rebelión azteca había prendido.

La irrupción de medio millar de cautivos en Zultépec dejó huellas profundas. Los trabajos arqueológicos están destapando los espacios donde se les tuvo prisioneros. En algunos casos son habitáculos antiguos que fueron desocupados para darles encierro, otros fueron construidos especialmente para ellos. A estas trazas arquitectónicas, fuera del recinto ceremonial, se suman vestigios hallados en anteriores campañas de investigación. Entre ellos destaca un cuenco azteca en cuyo fondo hay marcada una cruz cristiana, pero también decenas de figurillas degolladas, unas con rasgos hispanos y otras negroides. Esta colección, cuyo origen los arqueólogos sitúan en Cuba, se completa con un par de esculturas que dan alas al espanto: la miniatura de un ángel y la de un demonio con cuernos de macho cabrío.

Son los restos de una barbarie de la que nadie escapó. A medida que avanzaba el calendario, los españoles y sus acompañantes iban siendo inmolados. Su sangre se vertió en honor de Huitzilopochtli, el dios de la guerra; Tezcatlipoca, el señor del cielo y de la tierra, y del propio Quetzalcóatl, la enigmática serpiente emplumada. Entre los cráneos recuperados en la excavación se ha confirmado la presencia de europeos, así como de una mulata y de numerosos mesoamericanos. Las huellas de corte evidencian su sacrificio y sugieren la ingesta ritual de su carne.

Los frailes españoles que acompañaron la conquista han dejado descripciones de lo que debieron ser estas ofrendas. A los cautivos se les obligaba primero a bailar entre cánticos de esclavos; luego eran decapitados, desmembrados y comidos. Ante el dios de la guerra se les arrancaba el corazón. Los despojos se arrojaban por las escaleras de los templos. En el caso de la ciudad de Zultépec, las cabezas fueron exhibidas en un tzompantli, un altar del terror erigido sobre cientos de cráneos. Otros huesos sirvieron para presidir salas principales del conjunto arquitectónico.

La respuesta de Cortés llegó demasiado tarde. El conquistador, a su regreso a Tenochtitlán, se enfrentó a una furiosa rebelión azteca. Ante su avance, la noche del 30 de junio de 1520 tuvo que abandonar la capital bajo el viento de la derrota. Tardaría meses en recuperarse y sólo entonces enviaría una expedición de castigo.


Cuando Gonzalo de Sandoval, al mando de 15 jinetes y 200 infantes, llegó al lugar, sus antiguos compañeros ya no estaban. El sacrificio se había consumado. En una pared, el capitán de Cortés pudo leer cómo un cautivo había escrito con carbón: “Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste”. No hubo piedad para los acolhuas. De poco sirvió su intento de huir. Tampoco les valió, como revelan la excavaciones, esconder en aljibes todo aquello que habían traído los cautivos. Zultépec fue devastada. En su lugar sólo quedó una humeante ruina. Y con los años, el emplazamiento recibió un nuevo nombre: Tecoaque, “el sitio donde los señores fueron devorados”. El 13 de agosto de 1521, Tenochtitlán se rindió ante Hernán Cortés.


Cortesía: El PAÍS

martes, 13 de octubre de 2015

ADIOS, FERNANDO


sábado, 10 de octubre de 2015

El cerebro de un músico
Sabias que cada vez que un músico toca un instrumento es como si hubiera fuegos artificiales en su cerebro?
Cuando escuchamos música, múltiples áreas de nuestro cerebro se involucran y activan. Pero cuando realmente ejecutamos un instrumento, la actividad se vuelve más parecida a un entrenamiento integral del cerebro. Qué está pasando? El siguiente documental explica la actividad que se dispara en el cerebro de los músicos cuando tocan, y examina algunos de los efectos positivos a largo plazo de este entrenamiento mental.



Cortesías: Diario.

viernes, 9 de octubre de 2015

Casi el 30% de las especies podrían desaparecer debido al cambio climático.


WWF



Según el IPCC, una subida media de temperatura de 2-3ºC aumentaría el riesgo de extinción del 20-30% de las especies de plantas y animales. 
Este es uno de los datos incluidos en el documento Un grado más, una especie menospublicado por WWF en el contexto de su campaña #NiUnGradoMás. 
En España, la mitad de las especies de anfibios, reptiles, mamíferos y aves podrían ver reducido su hábitat en más de una tercera parte. Especies como el visón europeo o el urogallo sufrirían la desaparición de su hábitat potencial.
El documento Un grado más, una especie menos se engloba dentro de la campaña #NiUnGradoMás que está desarrollando WWF para analizar los impactos del cambio climático y ofrecer soluciones para minimizar sus devastadores efectos. La organización anima a los ciudadanos a firmar la petición online para poner freno al cambio climático y pedir al gobierno una transición energética hacia un modelo eficiente y 100% renovable.  
La cuenca mediterránea será una de las regiones más afectadas por el cambio climático como muestran los pronósticos científicos para España, que apuntan a un aumento de las temperaturas para finales de siglo de hasta 4ºC en invierno y 6ºC en verano. Estas nuevas condiciones de calor y aridez afectarán gravemente a nuestra biodiversidad, que ya se encuentra amenazada en la actualidad. De hecho, España es el país europeo donde se encuentra el mayor porcentaje de especies amenazadas: el 34% de los anfibios, el 32% de los reptiles, el 54% de los peces continentales, el 20% de los mamíferos y el 15% de las especies de flora vascular.  
Estos impactos del calentamiento global ya lo sufren especies como el pinsapo, en el sur de España, con un descenso significativo de su límite de distribución inferior desde 1959 por los fuertes periodos de sequía sufridos en las últimas décadas. El salmón atlántico también se encuentra afectado por el aumento de temperatura del agua, ya que condiciona la eclosión o la tasa de supervivencia de los alevines. Otro ejemplo del impacto del cambio climático en las especies españolas es la disminución en el área de distribución de la mariposa apolo en la Sierra de Guadarrama (Madrid), donde se ha desplazado a altitudes superiores. 
Los datos a nivel mundial confirman que la biodiversidad se encuentra gravemente amenazada, con un ritmo alarmante de extinción de especies estimado de 100 a 1.000 veces mayor al ritmo natural. Según el Índice Planeta Vivo de WWF, entre 1970 y 2010, las especies terrestres disminuyeron un 39%, las de agua dulce un 76% y las marinas un 39%. El cambio climático va a suponer sin duda un fuerte factor de presión adicional para nuestra biodiversidad, agravando amenazas existentes y añadiendo nuevas.
El cambio climático también afecta a la economía, la cultura, la alimentación y la salud humana, ya que esta pérdida de biodiversidad pone en peligro los bienes y servicios que proporcionan los ecosistemas, como la polinización, la dispersión de semillas, la obtención de materias primas, alimentos o productos farmacéuticos.