jueves, 28 de enero de 2016

























Bonó: Precursor de la Historia Social Dominicana    5)

José Guillermo Guerrero Sánchez.


Estudió por qué la sociedad dominicana era como era y planteó cómo debería ser. Bonó pareció seguir la distinción de los dos estudios sociales de Comte: la estática social o estudio de las condiciones de existencia de la sociedad y la dinámica social o estudio de las leyes de su movimiento continuo. La primera implica una teoría del orden, la segunda una teoría del progreso, término éste último que no se emplea en el sentido de perfeccionamiento, sino en el de desarrollo “sin ninguna apreciación moral”.

En el 1884 Bonó se presentó, más que abanderado del progreso, en su más álgido crítico. Del organicismo de H. Spencer (1820-1903) quizás tomó la dicotomía de las sociedades militares e industriales. La evolución social haría pasar de un tipo a otro en función de los períodos de paz o de guerra. La ausencia de guerra favorece la tendencia natural de las sociedades a convertirse en industriales, la guerra anulaba esta revolución en beneficio de una contrarrevolución. En uno de sus primeros escritos de 1857, Bonó consideró como una de las mayores trabas al desarrollo creadas por el gobierno:
“el ejército permanente céntuplo (…) sobre una población de doscientos mil habitantes muy pobres se creó un cuerpo de consumidores de seis a siete mil hombres, la flor de la población en fuerzas y aptitudes al trabajo”.

Como medida propuso la licencia de este ejército; en cambio era partidario de una marina fuerte capaz de disuadir el expansionismo haitiano. En 1884 consideró muy positiva la situación para el gobierno del Partido Azul por la desaparición de los “caudillos de revuelta” y la anarquía que paralizó los planes agresivos de Haití:
“una combinación feliz, de gran habilidad, que le ha permitido con enorme desgaste de energías y de caudales, mantener la paz pública. Esta favorable posición, a menos de faltas graves de sus jefes, les dará por largo tiempo la dirección de los negocios públicos (…) pero no será durable si no se asienta en las bases inquebrantables que en todos los tiempos y en todas las naciones se ha asentado, es decir, en la felicidad general que imprima en el espíritu de los ciudadanos el conocimiento íntimo de que gozan de todos los bienes relativos que a su gobierno les es dable proporcionarles. El buscar, hallar y dar elementos de esta felicidad es la misión del Gobierno, es el problema que tiene que resolver cada día, cada hora (…)”.

En su defensa de los alambiqueros en 1900, Bonó lanzó una crítica demoledora a conceptos utilizados por Herbert Spencer denunciando el progreso capitalista y su propaganda ideológica como uno de los males que afligen a la humanidad:
“un fantasma envuelto en palabras sonoras y al parecer justas, tales como el progreso se impone, el mundo marcha, el combate por la vida, con otras mil más pomposas y más huecas pronunciadas por los interesados, cubre con sus espantosos ruidos los lamentos de los infelices aplastados”.

Según él, esta teoría mal estudiada y peor comprendida, busca “probar al mundo que estamos progresando”. En la ocasión, criticó la medida de colocar un impuesto abusivo por El Ayuntamiento contra las bebidas alcohólicas producidas en alambiques cuyas rentas servirían para “adornar los pequeños centros urbanos que poseemos con todas las galas de las ciudades ricas y florecientes –parques, estatuas, catedrales, cenotafios, mercados, alumbrados,
palacios, músicas, serenos, etc.– y todo esto, la mayor parte sin necesidad (…)”.

Rechazó la medida tomada “so pretexto de moralidad” y advirtió que no iba lograr sus fines de controlar la bebida, algo que parece ser un tema de discusión actual. Dijo: “Se beberá siempre constitúyase o no sociedades particulares o congresales de temperancia, como desde Noé hasta la fecha se ha bebido, todo alcohol que cualquier sustancia o procedimiento produzca”.

Y a continuación muestra su gran conocimiento sobre bebidas alcohólicas nacionales y extranjeras: “vino, cerveza, aguardiente de uvas, de cañas, de papas, de granos, pulque, whisky, sambumbia, etc”. Y continúa:
“Sólo sí que se habrá destruido el vuelo de la pequeña industria nacional (de la grande en el país no hablamos) la que sirve para usos inocentes e imprescindibles como azúcar y meladura, dulces y confites y se dará vida en descubierto, a la privilegiada y a la extranjera que satisfará una necesidad, tal vez sospechada, como todas las necesidades del hombre, según bajo el punto de vista que se vea, pero que es una necesidad, contra la cual nada hasta hoy ha podido ni menos la coacción
ni la tributación”.
La defensa de la producción local y artesanal del romo era para Bonó un asunto de equidad, de ciencia, de patriotismo y dominicanidad. En nuestros días, Gerald Murray estima que en el país se consumen por cada botella de leche nueve de ron, whisky o cerveza. Por supuesto, nada tiene esto que ver con el objetivo de Bonó al defender a los alambiqueros.

Los jesuitas y su centro de investigación toman a Bonó como estandarte de su institución por sus aportes a la investigación social y, posiblemente, sus convicciones religiosas y defensa de la Iglesia Católica contra la educación hostosiana. Su gran religiosidad se deduce por una carta escrita al padre Meriño el 31 de diciembre de 1903 donde confesó que: “(…) nada he encontrado que me satisfaga por completo: sólo Jesucristo”.
Pero habría que establecer qué aspectos de Jesucristo le satisfacían: sin duda, la vida humilde, la del carpintero que se retira al desierto y muere casi solo en la cruz.

CONTINUARA.



Cortesía: Revista Clio.